“Yo quiero ser como” es una expresión común cuando uno es chico. En consecuencia, suelen surgir nombres de familiares, personajes de ficción, artistas. Casi siempre el deseo responde a la identificación con ciertos aspectos del adulto que se escoge, tales como belleza, popularidad, profesión, inteligencia.
Traté de recordar si de niño me ocurría lo mismo pero no apareció ningún referente al que adorara con el fanatismo suficiente como para “querer ser como él”. Sin embargo vino a mi memoria un deseo de la infancia: Cuando fuera grande quería tener las manos de mi papá.
Grandes palmas, recubiertas por una piel dura, curtida, resistente; ásperas al tacto, pero tiernas a pesar de lo groseras; dedos largos, fuertes, duros; herramientas capaces de levantar una pared y lustrar zapatos; de cortar el pastizal más duro y armar con delicadeza un arbolito de navidadad, de lijar una pared y firmar un boletín.
Las manos de papá contaban su historia. Cada uno de los surcos que las atravesaban relataban en voz alta sus trabajos, sus logros, sus fracasos, su tristeza, su felicidad. Estaban llenas de experiencias, llenas de vida vivida.
El jueves 12 de noviembre cumplo 33 años. En medio de las reflexiones que ello implica miré mis manos. Ver que son exactamente iguales a las del viejo me puso contento. Más aún cuando noté que las mias tienen espacios libres, con lugar para el trazo de nuevas líneas.
10 noviembre 2009
33.-
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Etiqueta: cumpleaños, Homenajes
01 noviembre 2009
Héterojuano.-
Hace un rato huí –una vez más- de la noche gay. Ya tenía los huevos al plato de la insistencia que algunos amigos manifiestan cuando llegan las doce del sábado y yo me resisto a salir, así que accedí.
Por cada baldosa pisada volaban cuatrocientos putos. Al levantar la tabla del inodoro aparecían nadando trescientos putos más. Gordos, flacos, altos, bajos, viejos, jóvenes, pelados, peludos, lindos, feos, relajados, en pose, ridículos, simpáticos, asquerosos: “Bienvenido a Palacio”, pensé, mientras trataba de encontrar el método más urgente para teletransportarme al Palacio de la Papa Frita.
Tengo serias dificultades para vincularme en el circuito nocturno gay, y parece ser progresivo. Se genera una metamorfosis extraña en los tipos que se juntan en una disco, entonces, un punto de encuentro que podría ser interesante, termina siendo un colectivo de hombres que, en las pocas horas empapadas de luces y ruido que dura la noche, sólo se ficcionan a sí mismos, generando un estereotipo con el que no logro identificarme , aunque lo intente.
Y me parece genial que los boliches estén hasta las pelotas de saltos y despreocupación al ritmo de la música electrónica, de verdad. A los 18 años yo no dejaba de curtirlos. Es sólo que me encantaría que existan espacios alternativos, pero cada vez que parece generarse alguno, termina transformándose en más de lo mismo.
A los trece años puse los huevos sobre la mesa y planteé mi homosexualidad sin prejuicios haciéndome cargo de la vida que, en adelante, iba a llevar. Nunca renegué de mi sexualidad, en absoluto, pero no termino de adaptarme a mi grupo de pertenencia y siento que ser gay es el aspecto que menos me identifica como tipo. Cada vez menos, creo.
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Etiqueta: Desahogos
23 septiembre 2009
Deshonra.-

Tengo una amiga que trabaja como empleada en el sector de mantenimiento de una empresa.
Recoge la basura de los cestos cargados con sobras de “delivery” , limpia continuamente los pisos que no dejan de llenarse de zapatos, lustra vidrios que al minuto están cubiertos por infinitas huellas digitales.
Nadie la ve cuando pasa, pero siempre se acuerdan de ella cuando se vuelca una taza de café sobre el piso o un escritorio no está en condiciones de higiene perfectas.
Es una mujer joven, linda, decente, ubicada, inteligente.
Cuando llega el final de su jornada laboral abre su cartera a pedido del personal de seguridad.
Manosean su mundo, escarban su dignidad: un monederito con las chirolas para el bondi que la llevará a su casa, una base de maquillaje, unas llaves, una billetera, su documento, el MP3: Todo cae de su bolso, como si fuera una piñata recién pinchada. (Sin fiesta, obvio).
Ella espera el OK del señor de seguridad, quien la autoriza a retirarse moviendo la cabeza hacia abajo, expresando su consentimiento.
Vuelve a poner las cosas en su cartera y corre, con una sonrisa, a reencontrarse con su familia, como si no recordara la violación que acaba de sufrir por ser “la que limpia”.
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17 septiembre 2009
In memoriam.-
Así ocurrió que, dormido, pude abrazar y sentir amor por mi papá; conocer la voz de mi abuelo; resolver rápida y exitosamente cálculos integrados; reconciliarme sinceramente con "Tatán", conducir un automóvil sin chocarlo.
En los 33 años que llevo de vida sentí odio sólo una vez. Fue por un ex jefe del que no supe nada durante cinco años, hasta hace una semana: El miércoles pasado, una ex compañera de trabajo me contó que había muerto.
No me alegré. Durante varios días no puede evitar pensar en él, en su odio, en su despotismo, en su maltrato, en su abuso, en su inferioridad y en la soledad que, seguramente, sintió al momento de morir.
Anoche apareció: Ernesto Ríos deambulaba en la nada, no había escenario. El vacío era absoluto. Repentinamente se abrían dos grandes portones y, sonriendo, comenzaba a caminar hacia ellos. Yo lo contemplaba desde un rincón de mi habitación. No recuerdo mucho más, pero tengo absoluta certeza de la paz que se inspiraba en el sueño.
La muerte no es una circunstancia que despierte en mí el perdón o la reconciliación, pero claramente, con su desaparición física, huyeron también los pocos fantasmas que quedaban dando vueltas en mi cabeza desde aquel entonces.
Dormido, preso de una representación, lo dejé caminar hacia el portón. Quizá con el deseo de que su flamante camino sea el de considerar nueva y detenidamente ciertos momentos de su historia, actividad de la que entiendo bastante: La ejercito cada día de mi vida.
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Juano
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